Retorno al Paraíso
RETORNO AL PARAISO
Volveremos al Paraíso
cuando descubramos en el cielo
la encendida mirada de los que nos aman.
Ana Cristina Herreros
¡Qué claridad tiene la mirada que se funde con el
paisaje!. Siempre cerca del mar, me invadía una sensación de paz,
atemporal y distante, donde esparcía mi rostro sobre los rostros de
otros seres, con esa plenitud que tienen las cosas sencillas.
Tenía toda aquella densidad una luz irreal que
acaloraba mi cuerpo adherido a la arena de una orilla, que ya no soy
capaz de divisar. Me adormecí plácidamente sobre la alfombra de mi
infancia, y una mujer cerró la puerta hasta desaparecer.
Se nace con la piel
hacia el cielo, sin nombre ni razón. Con un nombre y un propósito
se llena el vació de los seres humanos que tienen que ser para algo
o para alguien. En el promisorio de mi juventud no encontré tierra
nueva ni mar nuevo que no fuese ya paraíso de otros. Las promesas de
amor fluyeron como volutas, y el ignoto promontorio de mi alma se
alzó con la voz quejumbrosa de una duda.
¿En que momento me
perdí?
No había sido la
primera vez que entraba en aquella habitación después de recorrer
un largo y estrecho pasadizo en mi vida. Tenía descolgadas del techo
todas mis necesidades y ya había consumido hasta la última de mis
mentiras para sobrevivir.
Así de hueco
recorrí el ultimo tramo de mi existencia, con un trozo de pan y una
palabra que no se come con los dientes. A Miguel Hernández le
hubiera sabido a gloria partir la última cebolla que encontré
debajo de todos mis sueños. Tenía todo aquello un sabor amargo que
los poetas encontrarían delicioso.
Miraba al cielo de los ahorcados para encontrar mi propia soga, la
única que podría balancear mi existencia y darle un último
propósito.
La raíz de mi nombre era el nombre de todos los huérfanos que
mueren prematuramente.
Alcé las manos abiertas hacia el cielo, como un orante implorando al
Dios de todos los seres contrariados, y me adopté a mi mismo para
ser padre y madre.
Con los pies descalzos, como se hace todo lo importante en esta vida,
me vestí de mayor, y aprendí que los ojos se abren para decidir lo
que uno quiere, porque lo que uno desea se ve hacia dentro, muy a lo
lejos.
No sentí en mi boca los dientes, que no se tienen al nacer, cuando
más se necesitan para masticar toda aquella existencia universal,
con lo rimbombante de la palabra Universo, cósmico y profundo,
resonando en mis oídos de cartílago recubiertos de piel.
—¡Hay que ser muy despiadado! —pensé,
para dejar al azar los designios del nacimiento, como si el
milagro de la vida no tuviese un precio; crecer y dejar de hacerlo.
Exhausto de mi existencia, cerré sin saberlo las puertas a la
cordura.
¿Podría alguien prestarme su cordura?
El paisaje de Cabo de Gata es salvaje y rotundo. Encontrarse a si
mismo en las grandes avenidas.., y en los páramos abiertos, donde la
vida se adhiere invisible sobre la caliza pétrea y desmesurada de
los grandes acantilados. Sólo recuerdo el silencio ondulante de un
fondo de anémonas rosáceas, y el cuerpo desnudo y febril de aquella
mujer.
En el horizonte seco y despiadado renacía en la madrugada la
inmensidad lunar, rojiza y atávica, sobre el perfil de los
Genoveses. Nadie escuchó el cántico del divino Brahman, pero
invocamos al Universo entero con un om, y nos perdimos llenos de sal
para volver después..
Volver, ¿volver a donde?
¡Que necesidad habrá de darle sentido a las cosas!, cuando ya
adquieren su significante, cuando la gravedad los desploma y los pone
a girar en la inmensidad , aunque ya no sean, o se transformen en
algo intangible. El desamparo de los cuerpos invisibles tiene siempre
su propio cementerio.
Besaba
cada piedra hirsuta sin sombra, con el peso que tiene lo plomizo de
aquellas tardes de luz en San José , —¡en
lo áspero está la vida! —pensé,
donde nacen los seres diminutos anclados a una charca maloliente.
Esas larvas insolentes se atreven con el suspiro de una oquedad en
sombra, y danzan el baile de los malditos para desaparecer después.
Por aquel entonces aún esperaba el anuncio desvelado de una verdad
vestida de Chanel, con la majestuosidad que tienen las frases hechas
por grandes autores, que dejan el púlpito a sus pies y un murmullo
de admiración plastificado.
Me sumergí en los parajes recónditos de la
“Isleta del Moro” buscando el Vellocino de oro. No lo encontré
en las minas abandonadas de Rodalquilar, ni tampoco lo divisé sobre
la cúspide del faro de Mesa Roldán, pero aquellas olas salvajes
salpicaron de pinceladas un paisaje que estaba construyendo dentro de
mi, y que apenas podía esbozar.
Con el tiempo, la generosidad de una fundación
amoldó sin censura, ni prejuicio el germen de luz que tanto
necesitaba. Durante dos semanas conviví en aquel numen con
otros artistas de Dinamarca, México y Londres.
La Fundación Valparaíso, aislada del mundo, frente al Montem Sacrum
(Monte Sagarado), convertía aquel edificio de planta baja,
construido sobre un antiguo poblado neolítico, en una fuente de
energías telúricas, impregnando los lienzos y la materia pictórica
de óxidos ferruginosos y verdes fosforeros.
Mi estudió tenia un pequeño letrero; Pablo Picasso, y en la
madrugada comenzaba cada día la obra “dreams of Heaven”,
desatando la complacencia de mi mecenas Beatriz Beckett, que no tuvo
reparos en remangarse las mangas para terminar de colgarlo en el
salón con las palabras de un poeta como cartela.
Allí comencé por vez primera una nueva serie de obras, cargadas de
misticismo, como preludio y origen de la serie: “Los chamanes”,
con la que el comisario de arte de Manuel Millares, Alfonso de la
Torre, se referiría pocos años después, como un nuevo lenguaje
pictórico en el arte abstracto.
A veces el camino que uno elegí no tiene porqué ser evidente, si
acaso se transforma o renace con palabras ya escritas. No sé las
veces que alguien, sentado a mi lado,- en el tren o en el avión-,
descubriría con cierta benevolencia que estaba delirando, mientras
esbozaba compulsivamente, en mi pequeño bloc de notas, los proyectos
incipientes que luego haría realidad.
Cuando terminé de convencerme a mi mismo del camino a seguir, sólo
tuve que encender la televisión aquella misma mañana de domingo,
del 11 de septiembre de 2011, para recordarme lo equivocado que
estaba.
Los cuerpos caían desparramados desde lo alto, separando al mundo en
dos mitades. Un mundo habitado por demasiadas conjeturas y demasiados
inocentes.
—¡No
tenemos un manual! —me repetía, nadie
lo tiene, ni para vivir, ni para algo que se le parezca. Mientras los
náufragos modernos van en patera por el mediterráneo, apenas quedan
islas para los robinsones y el diablo se viste de indiferencia, que
es la peor de las pandemias.
Allí estaban las
dos antorchas desvencijadas en el sur de Manhattan, en un cenagal de
hierros retorcidos que alguien denominó “la zona cero”, después
de ver caer las bombas de Hiroshima y Nagasaki en Japón.
No puedo desvelar
con certeza cómo sucedió, pero pocos años después, esa imagen
volvió a mí con una endiablada clarividencia, y me enclaustré
rodeado de pinceles rotos y azul ultramar para convertir todo aquel
dolor en esperanza.
Con el tiempo
regresé a Nueva York, y volví a caminar sonámbulo en la madrugada
toda la distancia que recorre Central Park hasta la “zona cero”.
Mi cuerpo aterido
con el frio gélido del mes de enero se aferró a un muro
entreabierto, donde divisar un enorme agujero en la tierra, y las
sirenas volvieron a sonar de fondo,—literalmente—,
como si hubiese necesitado recordar todo aquello para cerrar un
camino que hice mio.
La verdadera soledad
te muestra el fondo del abismo, amplifica los sentidos que no tienen
órganos, y los lleva a un estado de percepción primigenio. En las
grandes avenidas descubrí también una parte de mí que no quise
olvidar.
Es difícil vivir en
Nueva York, tanto como en cualquier otra ciudad dimensionada, hay un
caos vivido con dignidad, donde todo sucede, quieras o no.
El
poeta granadino escribía:
“..La
luz es sepultada por cadenas y ruidos en impúdico reto de ciencia
sin raíces. Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes como
recién salidas de un naufragio de sangre.”..
Que tendrá la
belleza que siempre busca el légamo sucio y ajado para resucitarse a
si misma.
Yo no buscaba la
grandiosidad de los rascacielos. Tenía el tesoro enterrado a ras de
suelo, donde la penumbra desvelaba la gratitud de una mano abierta,
mientras las larvas volvían a colonizar la charca, danzando su
ritual de vida y muerte. —¡El océano
que las une es el nuestro! —me repetía,
y lo hace con la misma intensidad en cualquier confín del mundo.
Nada puede impedir que nuestras vidas sean también la de los otros.
Nuestro pasado les pertenece.
En
las calles del Bronx encontré los ojos arañados de seres humanos
partidos por el silencio, “y un niño negro anunció el reino de la
espiga”.
Aquellos
barrios nunca fueron míos, ni de nadie, pero las avenidas se
cruzaban despiadadas, y el recuerdo de Emilio Otero, el “Smily”
no se desvanece; —todos
regresamos—,
me susurraba, mientras alzaba la fotografiá de sus dos hijos
pequeños en la inmensidad del cosmos.
Lo
acompañé aquella misma mañana de domingo al hospital Lincoln, en
el el
vecindario de Mott Haven, en Nueva York, para morir de sida.
Todos
regresamos alguna vez.. yo también regresé
a la orilla de un mar que fui de niño, -“por
muy rápido que uno corra, uno nunca podrá alejarse de su
infancia”-,
decía Paúl Schrader, en el poema que Alberto Chessa me dedicó en
su libro “un árbol en otros”.
Después de tantos
años, mi vida sólo había tenido instantes lúcidos, suficientes
como para ser una plegaria. No necesitaba recordar cada uno de ellos,
los rostros se aferraban a la memoria como mensajeros que esbozan una
sonrisa en el camino, con esa generosidad que tienen los desconocidos
girando en órbitas abiertas, alzando la mano en un saludo final,
antes de perderse en el espacio profundo.
Aquellos compañeros
de viaje aparecían de súbito en una atávica conjunción cósmica y
sus miradas encendidas tenían la estela de un paraíso que yo tanto
añoraba.
Es curioso el
destino, pero tú volvías poco después de Nueva York, en una de
esas giras teatrales que tienen los artistas oceánicos. La primera
vez que te vi estabas repantigada en un precioso sillón rojo
bermellón, contando cuentos de luces y estrellas. No tardaste más
de un minuto en hacer estallar todo el Universo, en un “Big bang”
que expandió la misma luz evanescente que nos unió para siempre.
El tren regresó
muchas veces a Madrid, donde aprendí el ofició de amante y desperté
a la cultura con esa magnitud simple que tiene la mirada del artista
que quiere serlo.
En la soledad del
MNCARS hallé la arpillera cosida y ajada de Manuel Millares, la
piedad de un Cristo de José de Ribera en el Thyssen, y una sombra
gris alargada que Caravaggio encendió como un coloso en llamas, en
un simple hueco de escalera del Museo Nacional del Prado.
Quedaba
aún muy lejos “dream of heaven”, y mucho menos los cuadros
esculturas atávicos que desatarían toda mi cólera. Aquel Madrid
iniciático encendió la pira con un gesto ritual, y el légamo ajado
despertó a la vida, y yo con él.
A
mi edad, la mayoría tenían las maletas de la vida repleta de niños
y reuniones de parejas. Compartían los mismos billetes de tren, y
todo se encarrila a una vía sempiterna, recta e indubitable, que
mostraba en realidad un paisaje teatral, atestado de mentiras
asumidas como ciertas.
Mi
corazón latía demasiado deprisa, incapaz de seguir el ritmo de boga
de un galeote fustigado por los rebenques de una sociedad demasiado
pragmática para sanarse a si misma, y menos aún para cobijar a un
artista solitario buscando respuestas.
Aquella
dulce rapsoda octogenaria me desveló en un poema que yo existía,
vivía y pensaba con la misma ley de los poetas, sin yo saber
exactamente que significaba eso. —¡El
mundo no necesita poetas! —pensé, ni
escritores, ni mucho menos pintores, el planeta Tierra no necesita
nada de nosotros, ni de nuestras aspiraciones, ni de nuestras agonías
que inundan de sollozos la claridad de un inmenso cielo de estrellas
que se responde a si mismo. La misma cita del Libro de Job abre la
obra de Malick: "¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la
Tierra, entre el clamor a coro de las estrellas del alba y las
aclamaciones de todos los hijos de Dios?".
Yo
ya no estaba. “El árbol de la vida” tenía las raíces atoradas
después de un siglo XX repleto de guerras, y la última frivolidad
de Austwitz nos dejó huérfanos de nosotros mismos.
Adán
y Eva no habían sido desterrados del paraíso, ni siquiera llegaron
a dormir una sola noche.
Un gran amigo mio me
desveló sentado en su vieja silla de mimbre, que no encontraría
suficientes rascacielos en Nueva york para dibujar una linea
horizontal que desvelase mi propio paraíso. Las palabras de consuelo
no tenían porque gustarme, y en aquella mañana de abril nos
despedimos con un trozo de mar que aún llevo conmigo.
La
primera vez que llegué a Londres aterricé en el aeropuerto de
Gatewick con el tembleque de un soldado en la trinchera. En el
transbordo hacia la estación Victoria conocí a uno de esos ángeles
invictos que se habían recorrido el mundo entero con el pasaporte a
falta de una hoja.
Aquella
mujer bellísima tenía el ingles de los viajeros de larga distancia,
y una amabilidad infinita como lazarillo. Con un café panorámico en
la terraza privada del National
Portrait Gallery,
me enseñó algunas fotos suyas al natural. Aquella diosa tenía el
cuerpo cincelado por dentro y por fuera, y en su carrera como
periodista, directora de márquetin internacional y modelo, no la
hacían justicia ninguna de ellas. Un tiempo después, yo enmendé
todo aquello con un book de lujo que un buen amigo, y fotógrafo
oficial de Leica la hizo en su barco, mar adentro, rumbo a Venecia..
La
excusa apareció como un email, de esos que no tienen porqué ser
solemnes, cuando vi por primera vez las esculturas de aquel artista
valenciano, que ya llevaba veinte años sumergido en Notting Hills.
Su casa estaba a doscientos metros de la parada de metro Queensway,
no era demasiado grande, ni tampoco su estudio, al que llegamos
después de dos transbordos de autobús.
En
los juegos olímpicos de Londres, su trabajo en arte fue uno de los
premiados por el ayuntamiento londinense, y por aquel entonces
también era crítico de arte y cultura del Huffington Post, además
de haber expuesto en el Tate Modern y ser amigo personal de Vicente
Todolí, pero todo eso, yo no lo sabía.
En
aquella diminuta habitación de una antigua fabrica de ladrillos de
Kensal Town me mostró con entusiasmo unas esculturas blancas muy
interesantes, de una serie que él llamo de la cocaína, y que
comulgaba con mi trabajo sobre el caos.
Un
jueves noche me invitó por sorpresa a una inauguración de
esculturas, en una de esas galerías de lujo de Oxford Street, donde
se presisaba asistir de etiqueta. Mi amigo entró con una camiseta de
Mickey Mouse, y unos pantalones vaqueros medio rotos.
Recuerdo
la asistente rusa, más alta que yo, con ojos azul aguamarina, pelo
blondo y una sonrisa inconmensurable, pedirme la chaqueta marrón de
Zara comprada en Murcia, con esa benevolencia que tiene ser amigo de
la persona indicada.
Es
imposible tanta casualidad, pero en aquella misma galería conocí,
-mira que Londres es grande-, a la directora de una fundación que
trabajaba el arte abstracto del caos como terapia social en el
National Gallery.
Esa
imagen se congeló en una fotografía a tres que aún conservo, y
supuso el germen de una amistad que prosiguió poco tiempo después,
trabajando juntos en exposiciones y proyectos. También en Madrid,
donde inundamos las paredes del Ateneo con una colección de pintura
y escultura que se llamó “Retorno al paraíso”.
Había
allí un pequeño escrito que alguien en su benevolencia rescató de
los catálogos razonados del Museo Reina Sofia, y que yo hice míos,
colgándolos con dos alcayatas, justo a la entrada del Ateneo, lo
firmaba Manuel Millares:
"Después
de Goya -con su palabrota a la cortesanía y a su tiempo-, sólo nos
queda la auténtica vía social de los despojos materiales, el
florecimiento del homúnculo como insidioso arquetipo.
El
homúnculo es una consecuencia esperada de la grandísima belleza que
puede traslucir el harapo así, puesto al desnudo, en su evidente
porquería. La destrucción y el amor corren parejos por los espacios
y parajes descoyuntados.No importa que el hombre se haya roto si de
él emergen rosas de légamos y principios renovadores como puños".
Uno
sigue esperando que las cosas aparezcan capituladas como una novela
histórica. Mi vida no había sido un relato ordenado y menos aún
legible. Los acontecimientos y sucesos que yo puedo aglutinar en mi
memoria son sólo la sombra alargada de instantes lúcidos.
“Va
contigo la sombra que te ve cuando cierras los ojos y miras a otra
parte”, decía Luis García Montero.
Mi
voz ahumada de un vértigo irreal y genesíaco, dejó “el alma
afuera de los otros”.
Aquel
muchacho que fui una vez, se sentó en la penumbra de un puente de
Einstein-Rosen, mientras el mundo al que pertenecía viajaba por el
tiempo a una velocidad de un segundo por segundo.
No
encontré nada en Londres, ni en sus inmensos museos atiborrados de
obras, ni en el Nueva York más vertical, ni siquiera en aquellas
casas lujosas de pretenciosos coleccionistas.
Nada
fue tan inconmensurable como el encuentro al azar de aquellos seres
cicatrizados sin patria, inmersos a voluntad en un gigantesco
acelerador de protones que transformaba cada uno de esos encuentros
en una nueva partícula de Dios, o más bien en un instante cierto,
que merecía ser recordado.
Las
larvas siguieron danzando invisibles al son de una música que no
tiene partitura.
Infinitas
ondas de sonido fluctuando con la luminosidad de gigantescas
explosiones solares ultravioletas, llegaban aquel diminuto charco en
la roca viva del barranco negro de la “Isleta del Moro”. Mientras
tanto, los seres humanos, cuerdos de razón, se despedían con su
“traje de semilla profunda”, sordos como tapias, en la estación
de un tren que nunca llegó del todo a su destino.
Mientras
un charco sea océano el olvido estará lleno de memoria,
decía Mario
Benedetti y yo no me olvidé..
No
me olvidé de los amigos fraternales que nunca me dejaron, poetas,
profetas, soñadores, amantes que hablaron de amor, de todo aquello
que no merecía más que un silencio piadoso.
Te
recuerdo a ti querido Daniel, que no tuviste suerte como niño de
acogida, ni salud para hacerte hombre, a los cuerpos desojados que
abandoné, a mi amiga Géminis que terminó de ser artista con su
último trazo, a Julia que sigue llamándome murcianico, desde donde
estés, aunque ya no seas.
A
tantos y tantos que no supe escuchar. A mi amiga Maria Dolores que
será la madre más maravillosa, a mi familia que no llegué a
conocer del todo, y a ti Griott que supiste hacerme feliz, aunque
sólo sea un instante de un tiempo infinito.
No
hay una despedida cierta, nadie sabe a donde van, solo somos viajeros
en órbitas abiertas, alzando la
mano en un saludo final, antes de perdernos en el espacio profundo.
La
vida se quiebra de súbito. Los hijos de Eva no viven eternamente, y
mueren apresurados cuando son incapaces de preservar la locura,
aquella con la que los niños emborronan las paredes blancas,
inmaculadas de la vida.
Entré en aquella
habitación después de recorrer un largo y estrecho pasadizo en mi
vida.
El ocaso inundó
toda la estancia con cobrizos evanescentes y el llanto de un niño me
sumergió en las profundidades del rio Hudson donde ..“no hay
paraísos ni amores desojados”., donde los malditos escribieron
poemas oscuros de amor infinito, y donde la palabra plegaria tiene la
piel del infierno, y una sonrisa que no he de olvidar jamás.
Mi hijo encendió su
mirada en el paraíso, con un llanto primero que retumbó los
confines de mi mente. El cántico del divino Brahman volvió a
invocar su om en la playa de los Genoveses, y la luna de sangre
ascendió por un cuerpo que ya no era mio.
Somos huérfanos de
nosotros mismos en la orilla de un mar que nunca nos perteneció.
A veces surge del
manantial un leve destello que nos es familiar, y la estela de
nuestra identidad recorre distancias siderales en busca de un
recuerdo anclado en la memoria, donde las cosas sencillas tienen el
amparo de los seres invisibles, que danzan antes de desaparecer.
En el ocaso del
tiempo encontré la puerta entreabierta a un Universo resplandeciente
que no quise abrir del todo, pero fue suficiente para volver a ser
una respuesta.
Autor:
Emilio Vieites Aguiar
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